sábado, 18 de marzo de 2017

TONTOS Y LOCOS

Los tontos de mi barrio
me creen loco.
Los locos de verdad,
no se lo creen.
Para los tontos,
silbar, cantar, llevar una sonrisa,
andar bajo la lluvia o desvelarse con la luna,
(y otras cosas que ellos no comprenden),
es ser un loco.
Para los locos en serio,
andar de portafolios, de saco, de corbata
(aún de vez en cuando),
concurrir a un empleo puntualmente,
ser un señor casado
que pasea a su nene y a su perro,
(y otras cosas
tal vez inconfesables para ellos),
es ser cuerdo sin remedio.
De vereda a vereda,
los grises tontos,
los azules locos
(a su manera)
sienten escozores.
En el tumulto mismo de la calle,
yo silbo, canto, voy de portafolios,
paseo al nene, al perro, vivo, me desvivo,
soy un hombre común
sin nada más,
pero sin nada menos.
Ah...
Y a veces tengo alas,
locuras, tonterías,
una luna de más, una estrella de menos.
Depende ...
Según venga la mano.
Y tengo fin de mes.
Y me enamoro.
Y juego al fútbol los fines de semana.
Y ando en bicicleta.
Y hasta uso gorritos de colores.
Sí, también eso.
Pero compréndanme.
Puntuales, necesarios,
hacendosos, pulcros,
tontos,
Azules, hermosos,
desenganchados, frágiles,
locos.
No me atonten.
No me enloquezcan.
Tengo bastante ya
con todo esto
que voy apechugando.

Ciudad de los flacos aires, Héctor Negro, Torres Aguero Editor, 1994, pp, 108-110.